domingo, 9 de diciembre de 2018

EL EQUILIBRIO DEL TREN: Payasos.


PAYASOS

Me ha costado mucho no comenzar con un comentario explosivo sobre la repugnante acción de ese, que se dice payaso, y que sale en “el intermedio” de “la sexta” haciendo que la faena de lo qué un cómico debe ser, se convierta en objeto de vergüenza.
En un alarde imaginativo, Daniel Mateo se ha sonado los mocos con la enseña nacional. Supongo que, para llegar a eso, se habrá estrujado las meninges buscando de donde rascar para lograr una mueca de felicidad en la cara de sus oyentes o videntes.
El caso es que a la puerta de los juzgados ha dicho: “estamos llevando a un payaso ante la justicia por hacer su trabajo”. Vamos, Vamos. ¿Cómo se atreve a compararse con un payaso? Acaso puede compararse con Charlie Rivel, los Hermanos Tonetti o Pompoff y Thedy ¿Cómo se atreve a compararse con los Payasos de la Tele: Gaby, Fofó, Miliki y Fofito? Todos ellos insultados por este personaje al pretender comparar con ellos su infecta actuación.
Mucho se ha hablado a lo largo de la historia sobre aquellos que, por su oficio de hacer reír a los demás, debían pintarse la cara de ciertos colores o ridiculizarse a ellos mismos. Aquellos sí eran payasos. Emig, el padre de los grandes Payasos de la Tele sentiría vergüenza por tal comparación.
Pero no ha estado solo en su actuación. Para su sustento y apoyo ha salido el “actor” Guillermo Toledo que en un alarde de derecho a la libertad de expresión ha tachado de demencial que el “payaso” Mateo tenga que declarar ante los Juzgados por tal nimiedad. Toledo, personaje con pasado como actor poco notable, ahora procesado y a la espera de juicio por haberse cagado en dios y en la virgen María, ha dicho que detener a actores en el ejercicio de su oficio es demencial. Vaya dos. Tal para cual.
Lo que es demencial es que ese “payaso” a falta de mejores cosas que hacer en la farándula o sabiendo que no es capaz de hacer reír a su poco abundante público, se tenga que tirar al surco de hacer esa solemne gilipollez, para hacerle el caldo gordo a cuatro que, en la cuerda del “gualloming” pretenden mantener una guerra contra los símbolos que sostienen a todo un país. Jardiel Poncela definió como “hablar a gritos” a los hombres que no tienen nada que decir.
Cierto que la libertad de expresión es un legítimo derecho que nos ampara a todos pero, cuidadín,  no vale para todo y como seguramente observaréis, los límites de ésta, los pone la Ley.

Defensa y Salones de Enseñanza.



Cualquier cambio de gobierno produce una modificación de los términos en que se gestionaba el anterior, pero sobre todo en la forma de entender la Defensa y su ministerio. Éste, mezcla de máquina de guerra y ONG se articula como uno de los más grandes soportes en que se sostiene cualquier ejecutivo. Las nuevas tecnologías, las nuevas técnicas de guerra, los nuevos modelos de defensa interior y exterior o los cambios en las estructuras de poder en los países, con nuevas dependencias basadas en uniones militares que surgen en el teatro de operaciones, han supuesto un vuelco en la forma de diseñar el modelo de prepararse para la guerra.
Los grandes países con increíble poderío militar, manifestaban el poder por medio de grandes desfiles mientras, avisando a navegantes, exhibían sus últimos modelos de armamento.  Pero, hoy en día, no sólo se trata de exhibir músculo en un desfile, sino mostrar lo que realmente pueden aportar los ejércitos al conjunto de la sociedad.
Por eso, ha sido importante la aportación de fuerzas a misiones internacionales como apoyos humanitarios o en prevención de conflictos. España no ha quedado atrás y ha hecho un gran esfuerzo en la aportación de efectivos y material en apoyo y ayuda humanitaria en el marco de grandes contiendas militares. Bosnia, Kosovo, Congo, Afganistán, El Salvador… en pocos lugares de conflicto se ha dejado de servir. Aunque ciertamente, se ha pretendido por los gobiernos de turno que las fuerzas enviadas fuesen únicamente entendidas como de apoyo o no disuasorias, esta nueva forma de entender la Defensa ha llevado a este Ministerio a ser uno de los más valorados dentro de la estructura orgánica nacional y, de paso, a elevar el prestigio de la Institución y el interés por la misma.
Quizá por el aumento de las vocaciones o por el crudo paro, los españoles, ellos y ellas, se han vuelto a interesar por su participación en las FAS, por lo que el Ministerio también se ha apresurado a exponer su información de la mejor manera posible. Y allá se ha presentado en el Salón de la Enseñanza de Barcelona. Pero ay. Aunque la ministra ha dicho sí, la alcaldesa ha dicho no “hay que separar espacios", dixit.
Los militares, obedientes, y los españoles en general, esperamos pacientemente el designio final, estimando que la Defensa debería estar por encima de valoraciones personales. Esa ministra debería poner todo su empeño en acreditar la importancia del Ejército en ese o cualquier otro salón y el gobierno debería prestarse a defender, ante cualquier ataque, a una de sus más significativas instituciones. 

jueves, 22 de noviembre de 2018

MOVEMBER 2018 (Apoyemos los movimientos que se empeñan en mejorar la vida de las personas)


Ha vuelto noviembre y con él, MOVEMBER, movimiento que sigue los pasos de otros de solidaridad, apoyo y financiación a la investigación en ciertas enfermedades. Éste (contracción de moustache -mo- y november), propone qué, para respaldar la lucha e investigación contra el cáncer de próstata y testículos, salud mental y prevención del suicidio, los hombres se dejen bigote durante el mes de noviembre. 
En este tiempo que vivimos, en que el altruismo, la generosidad y la filantropía se han hecho un hueco en nuestra sociedad, proliferan las organizaciones que proponen hacer esfuerzos a favor de colectivos de personas con determinadas enfermedades. La organización MOVEMBER ha financiado en todo el mundo más de 1000 programas de investigación relacionados con la próstata, testículos… Pero hay más. Como apoyo a esta corriente, desde 2013 ha surgido un evento a escala mundial de recaudación de fondos llamado DISTINGUISHED GENTLEMAN'S RIDE en el que los motoristas demuestran que, además de buena gente y con modales, ruedan con elegancia solidaria.
Este nuevo movimiento se ha puesto en marcha hasta ahora en más de 100 países y más de 650 ciudades del mundo, que ya se han hecho eco de este trance, habiendo participado en ellas más de cien mil personas ataviadas con moto y ropa vintage, inspirados en el gran Steve McQueen (guantes, chaleco, pajarita e incluso monóculo). En España Madrid, Barcelona, Alicante, Castellón, Sevilla, Bilbao, Valencia… En todos estos eventos, los moteros se han subido en sus motocicletas para cabalgar por una buena causa y aumentar la conciencia sobre el cáncer de próstata y la prevención del suicidio masculino.
MOVEMBER y la DISTINGUISHED GENTLEMAN'S RIDE manifiestan su apoyo hacia aquellos enfermos con la muestra externa de un bigote o una pulcra motocicleta. El logo del mostacho peinado encabeza la enseña del movimiento: “dejémonos bigote durante el mes de noviembre sin olvidar que es por una buena causa”.
Pero esta no es sólo una cuestión de hombres. Los gentlemen han dejado paso a las gentlewomen. Ellas no han tardado en ayudar: Lady Gaga, Kate Moss o Rihanna e incluso la Gioconda, ya han ilustrado sus imágenes con un moustache.
Desde Burgos tenemos cerca una gran oportunidad de promocionarnos a gran nivel, sobre todo ahora que estamos metidos de lleno en los actos del 800 aniversario de la Catedral para organizar un evento de estas características. Imaginemos mil motos a las puertas de la Catedral. Seguro que Ángel y el grupo Motoburgos estarían complacidos de organizar un acontecimiento de tal categoría. Yo, por si acaso, ahí lo dejo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo cinco. El primer día de paseo. Cuarta parte y última.



Martínez (nombre falso para no recordárselo) que estaba sentado moviendo arriba y abajo su vaso de cubata, oyendo como los ya casi derretidos hielos hacían su típico ruido, había estado marcando su territorio. Para ello había estado un rato mirando fijamente a una joven de rubios cabellos. Claramente era su forma de expresar su manera de armonizar con las bellas señoritas de la zona. Movió arriba y abajo los labios y se atusó un par de veces su inexistente tupe. El cortejo había comenzado.
Su forma de comportamiento no difería prácticamente nada del modelo de conducta que teníamos los demás, sin embargo, el caso de Martínez fue diferente. Sin dejar de observar a la joven, había empezado a dar vueltas con un dedo a la boca del vaso de cubata, cuando otra joven le sorprendió apareciéndole por la espalda y pidiéndole baile. Martínez se rascó el cogote, miró el interior del cubata y luego para las luces de la discoteca y pensó que sería alguna chanza que le querría hacer alguno de sus amigos. Pero viendo que parecía serio y firme, finalmente se levantó.
- ¿Cómo dices? Dijo Martínez.
- ¿Que si quieres bailar conmigo?
No se lo podía creer. Aquello no entraba ni en sus más exaltados pensamientos. Una joven guapa y de buen ver. Miró para ambos lados, miró para arriba, echó un vistazo hacia sus compañeros que ya le jaleaban y animaban con las manos hacia delante - ¡Vamos! ¿Vamos!
- Umm. Claro. Claro.
Ambos se acercaron a la pista. El suave “Woman in love” de Barbra Straisand sonaba mientras las parejas se acercaban a la pista. Martínez agarra a la joven. Comienza el “agarrado”. Mientras la música lenta sonaba, él le baja los brazos hasta el final de la espalda. Ella se los sube, pero los brazos vuelven a bajar y se quedan allí. Poco a poco, tácticamente van ganando unos milímetros preciosos hasta que se ubican en una postura de comodidad. Comienza el juego de la X. Él curva hacia atrás la cabeza y las piernas. Ella lo hace también.
Los alumnos que abarrotaban el local alucinados contemplaban al nuevo héroe de la Academia. En una actitud que se recordaría por años. Que digo años: por promociones.
Martínez a cada 6400 milésimas de vuelta levantaba la cabeza y miraba a sus amigos y compañeros que le miraban con una mezcla de odio, respeto y admiración que él no podía dejar de gustar. Era el nuevo héroe. Y el resto sin vender una escoba, recibiendo únicamente la música de Laurent Voulzy o las luces de los focos de colores en la cara. La música cambió a Earth Wind and Fire con su sonoro éxito “After the love has gone” que hizo las delicias de los danzantes y algunas parejas de las que llenaban la sala se deshicieron. La de Martinez no. Allí continuaron con su baile agarrado, cada vez más curvo y cada vez más cercano.
Con aquella segunda pieza, Martinez comenzó el acercamiento al cuello de la chica. Todavía no se habían dicho ni una palabra, pero hábil como pocos, comenzó un susurro en la oreja derecha que parecía alumbrar al resto de mundanos que alucinados, contemplábamos su gran triunfo. Comenzaron las apuestas: ¿A ver cuánto tarda en morrearla? 
Era como si fuera nuestra punta de lanza. El primero que lo había conseguido y además ya no buscando, sino que le venían a buscar. Los Caballeros habían triunfado.
Martínez se preparó para lo que venía. Aplicó su mejor sonrisa y enseño unos dientes perfectamente ordenados. El resto vendría dado. 
No habían pasado ni un par de segundos cuando una mano tocó la espalda de la joven. –Venga, vamos. Le decía un paisano a la joven. Que ya me has dado celos suficientes. La chica se soltó de Martínez y con un mínimo saludo se despidió de aquel baile, desapareciendo por donde había venido. 
Martínez se quedó sólo en medio de la pista, sin saber muy bien que hacer, hasta que una voz procedente de la zona donde se encontraban el resto de alumnos, le hizo despertar de aquel agradable sueño. ¡Pringado! A Martínez le dio la risa y se volvió a la mesa donde estaba antes con los alumnos y continuó con su cubata, posiblemente deseoso de llegar a la Academia para aliviarse.
Muchos sábados vinieron después de aquel primero. Reconozco que según fue pasando el tiempo la cosa mejoró bastante, pero al entrar en las discotecas de aquel pueblo y ante la tesitura de establecer contacto con el personal femenino o incluso llegar a “hacer migas”, una frase apareció en el argumentario del alumnado. “Vamos, no sea que te pase la de Martínez…”

NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo cinco. El primer día de paseo. Tercera parte.


 

No se podían colocar más bombillas, luces y bolas discotequeras de luces en menos espacio. Aquellas luces de colores y los espejos y cristalitos que, por todas partes llenaban el interior del local, con aquel olor tan familiar a tabaco, cubatas y humanidad nos hicieron poner inmediatamente en situación.

El olfato es el sentido que más refleja nuestros recuerdos y aquel que nos retrotrae a pasados acontecimientos. Después de una buena temporada oliendo únicamente a árboles y naturaleza, a ecosistema puro y a medio ambiente, a peroleo y xuxos con cacaolat, nuestras pituitarias necesitaban con urgencia un empuje de olores de vida corriente. Muchos años han pasado y aun hoy día vienen a mi mente recuerdos de aquellas fechas, al percibir un olor parecido.

Aquellos primeros pasos dentro de la discoteca con aquella música que luego recordaríamos mientras íbamos pateando por los campos o haciendo instrucción de orden cerrado en la Gran Explanada, nos hacían ver estrellitas donde no las había.

El calor de los primeros compases, quizá algo de sofoco y ver cómo la gente que tenía llevaba gafas se le empañaban inmediatamente nos daba la sensación de estar en algún tipo de cielo poco recordado pero muy deseado.

También podía ser que las dos o tres copas tomadas anteriormente nos estuviesen marcando los compases internos y ese calor fuese precisamente consecuencia de ellas.
Allí apoyados contra la barra sujetando con fuerza un cubata con el brazo derecho en una perfecta posición de ángulo recto, representábamos la imagen de aquellos Caballeros a los que habían enseñado a calcular las distancias con los dedos por medio del cálculo de milésimas: un dedo, tantas milésimas, dos dedos…
Y a nadie se le ocurrió echar a andar hacia el medio de la pista y meterse dentro a moverse con el resto del personal civil que abarrotaba la pista. Aquella primera vez nadie parecía dispuesto a entrar en la pista de baile a hacer mover los cordones. Pero siempre tiene que haber un primero y esa vez fueron tres o cuatro a la vez que con ímpetu acercaron sus sonrisas al resto de los bailarines en la pista.
Ahora a marcar el territorio. Eso era lo que teníamos que hacer. Marcar, y apuntar, mientras movíamos el vaso a los lados dando vueltas a los hielos hasta que acababan deshaciéndose. El resto vendría por sí sólo. Llegaría el agarrado y ahí se cumplirían todas nuestras expectativas.
Efectivamente, los compases del Hotel California acabaron con la música discotequera que sonaba y silenciaron, si cabe, el runrún de la pista, dando un vuelco a los corazones de los alumnos amontonados en grupos a la vera de la barra.  Igualmente, el silencio dejó solos en el mismísimo centro, a aquellos alumnos que previamente había osado entrar al baile. Ya fuese por las fechas, las costumbres adquiridas o porque con aquellas edades los jóvenes llevaban marcado lo que debían hacer en aquellos lugares, aquella música de los Eagles nos obligó a iniciar una trashumancia alrededor de la pista pidiendo baile a todas cuantas señoritas se encontraban sentadas en el local esperando a que alguien las sacase a bailar.
-           ¿Bailas?
-           No
-           ¿Bailas?
-.          No
-           ¿Bailas?
-           No
-           ¿Bailas?
-           No
Aquí fallaba algo.


NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo cinco. El primer día de paseo. Segunda parte.


Habíamos llegado al pueblo. Los CASEP nos habían dicho que fuésemos preparados, pero no nos habían dicho para qué. Evidentemente todos habíamos entendido lo que más nos interesaba, sin haber puesto interés en una interpretación contraria. - ¡Vamos a arrasar!

Los había que toda la semana habían pasado penando por si en el pueblo pudiera haber una buena farmacia de guardia donde hacerse con uno de aquellos “calcetines de viaje” tan socorridos. Pobres.

El autobús nos dejó, en tiempo y forma, en la Rambla del pueblo después de un breve viaje de una media hora. Aquel fue el primero de otros muchos viajes que acabamos haciendo a aquel pueblo. Pero aquella primera vez hubo una diferencia importante con las posteriores. Aunque al bus no le funcionaba el radiocasete, ni mucho menos tenía aire acondicionado o calefacción, no nos importó demasiado, por lo menos en aquel primer viaje ya que los cánticos y las conversaciones (en aquellos primeros días cantábamos alegres canciones obscenas durante el viaje) tapaban cualquier necesidad de música. Los viajes subsiguientes tampoco hubo radiocasete en el bus, pero ya no fue lo mismo. 

Al poner el primer pie en el suelo de aquel pueblo recibimos el primer sudor y al mismo tiempo el primer escalofrío; éramos jóvenes, libres y deseosos de soltar toda aquella tensión que habíamos acumulado en aquellos primeros días en los que, las propias señoras de la limpieza nos acababan pareciendo unas auténticas bellezas.

En unos instantes los autobuses desaparecieron de allí y antes de que nos diésemos cuenta, nos habíamos quedado solos encima de la acera cerca de 800 alumnos. 800 hormigas verdes que nos tropezábamos unos con otros y que no sabíamos exactamente para dónde tirar.

En un primer estudio de la situación nos dimos cuenta, no sin dolor, que no había nadie por la calle. Alguien dijo: -seguramente la gente saldrá a la calle con la fresca. Todos afirmamos con la cabeza: -Sí, sí. Con la fresca.

El mismo dijo: -Bueno, mientras nos tomaremos un café y una copa.

Todos volvimos a afirmar con la cabeza: - Sí, sí. Un café y una copa

Los grupos comenzaron a formarse y poco a poco fueron desapareciendo del lugar de parada del autobús; no muy lejos ya que el pueblo no parecía para grandes milagros.

-           ¡Allí hay un bar! –vino a decir uno.

Y todos fuimos rápidamente a hacer que aquel industrial del pueblo hiciera, sin haberlo pensado, su agosto en el mes de setiembre, a costa de unos Caballeros Alumnos necesitados de libertad.

Un individuo con cara huraña y de pocos amigos nos miró con poco entusiasmo. -Bona tarda,  ¿que voleu prendre?
La misma cara de pocos amigos en la contestación. - ¡Eh! Oiga. En español.
-        Espera, dijo un valenciano: Vull prendre un cafè. 
-        Haber, ¿qué va a ser? Acabó diciendo el paisano.
Los cafés y las copas comenzaron a aparecer encima de la barra y quien más quien menos, se tomó el primero de penalti a fin de vencer el ansia. Luego, el segundo, un poco más reposado y concienzudo, centrándose al ver que la situación no iba a ser como se había planteado en los días anteriores. Algunos, los más atrevidos, osaron preguntar al paisano del bar por las chicas de aquel pueblo. Una mirada bastó para dar una explicación silenciosa de cómo iba a ser la relación entre las hormigas verdes y el resto del pueblo durante lo que tardó en durar el curso. 
Animados, otros repreguntaron y repreguntaron, pero el paisano, en sus trece, siguió con su silencio y cambiando incluso la cara, ya de por sí poco amable, que había esgrimido durante el tiempo que habíamos pasado tomando aquellos cafés.
Dos cafés y dos copas habían caído, pero todavía no eran las cinco de la tarde. Había que hacer algo, de manera que nuestra ansia de liberación pudiera tener algún resultado, aunque no fuese más que ver a personal del sexo contrario por la calle. Nos daremos una vuelta. 
Veinte minutos más tarde estábamos de vuelta en el mismo bar, pidiéndole al mismo paisano otro café y otra copa, que esta vez procuramos dilatar en lo posible a la espera de que llegase la hora de que abriesen las discotecas.
Al cabo de poco tiempo alguien apareció por allí diciendo que había visto un cine un poco más adelante de donde nos encontrábamos y que exhibía dos películas en sesión continua. Una del oeste y otra de espadachines. Fue suficiente para solucionar nuestro problema de tiempo. Acabamos de penalti el café y la copa y nos fuimos directamente a buscar el cine, donde veríamos las dos primeras películas de sesión continua de muchas que acabamos viendo posteriormente. No importaba si te perdías el principio. No importaba si te perdías el final. Lo que no vieses hoy, lo podías ver la semana que viene.
 
La idea no era mala, pero lamentablemente la habíamos tenido todos a la vez y nada más llegar al cine y haber pagado las quince pesetas de la entrada, la cruda realidad nos volvió a poner en nuestro sitio. Los cerca de 400 asientos de dura madera que podía tener el cine, estaban absolutamente ocupados por alumnos. Los propietarios del cine, adelantándose en el tiempo al overbooking, habían sido pillos y habían vendido más entradas que las permitidas por el aforo. Así, según entrábamos, veíamos como en los pasillos del cine habían colocado sillas plegables para que todos aquellos que habían pagado la entrada sin haber un sitio disponible pudieran ver la película lo más cómodamente posible. Pero eso sí: ni un solo paisano, ni mucho menos una paisana.
Una película, luego la otra, luego otra vez la primera y no acababan de dar las 20.30 para poder ir a la discoteca. Algo fallaba en las expectativas que nos habíamos marcado.
Pero la hora llegó y como un resorte levantamos nuestro castigado trasero de la butaca y raudos nos levantamos prestos a pasar nuestra primera tarde de discoteca después de tantos esfuerzos.
De aquel pueblo desierto en el que únicamente pululaban unos seres vestidos de verde y con cadeteras blancas pasamos a un pueblo semi desierto en el que únicamente pululaban unos seres vestidos de verde y con cadeteras blancas y alguna otra persona. La cosa empezaba a cambiar. De lejos se comenzaban a vislumbrar las primeras jóvenes locales. - ¡Vamos para allí! Allá van otras. ¡Vamos para allá!
Al final dos discotecas llamaban nuestra atención: la Siglo XX y la Xino Xano; vamos, la “Chino Chano” que le llamaríamos a partir de aquel momento. Daba igual el nombre. A por la primera. La segunda luego.

En la puerta ya se agolpaban los primeros trescientos alumnos que al calor del “Don´t leave me this way" de Thelma Houston estaban esperando a que les cobrasen la preceptiva entrada. Los clavos de los cordones hacían unos movimientos uno contra otro que casi tapaban el barullo que se había formado en la puerta. - ¿Habrá agarrado? -se preguntaban unos a otros. - ¡Coño, pues claro!, respondían.

No sin dificultades conseguimos llegar a las afueras de la pista y por supuesto mirando y escudriñando lo que íbamos buscando vimos las primeras chicas en la discoteca. Nuestro corazón dio un latido de aviso y comenzó el cortejo. - Primero nos tomaremos un cubata. Vámonos al bar...



NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo cinco. El primer día de paseo. Primera parte.


Nos habían dicho que para poder salir de paseo había que pelarse debidamente y luego además que tendríamos que pasar revista. Cuando alguien te dice que hay que pasar revista se entiende que debería ser una revista. Allí no. La variedad era asombrosa. De pelo de taquillas, de mesillas, de armamento, de botas, de zapatos, de ropa, de cinturón de charol, de chándal, de limpieza y policía del local, de baños y aseos…Cualquiera podía ser. Pero eso sí. Esta vez era con un buen fin. Por fin teníamos por delante la primera salida al pueblo.
Los días anteriores a aquella primera salida de la Academia ya nos habían anticipado: “ojito: el que quiera salir se lo tiene que ganar” y para ello los CASEP se habían apresurado a reforzar, si cabe, la disciplina y el buen hacer del alumnado en muchos casos a costa de la consabida nota. Las advertencias habían sido innumerables. Los preparativos para las temidas revistas no se hicieron esperar.
Las colas en el peluquero se hicieron interminables. No es que, precisamente, aquel peluquero tuviera mucho cuidado en hacerte un peinado a la moda, en aquellos años de lo más hippy, más bien te ponía la mano en la cabeza y pasaba la maquinilla, cual segadora, por todo lo que sobresalía de la mano. Aun así valía la pena llevar la cabeza bien pelada con tal de poder ver de nuevo un mundo que muchas veces ya olvidábamos que existía.
Por diferentes motivos, pero sobre todo por volver a relacionarse con el sexo femenino, valían la pena los sinsabores. Las revistas y filtros a pasar, las colas en la peluquería… Incluso la falta de tiempo o por cierta amistad con el riesgo. Algunos hubo que en las propias dependencias de la Compañía habían dejado su pelo y con ello sus cabezas y orejas en manos de algunos primeros espadas que decían saber cortar el pelo con una hoja de afeitar. El resultado además de penoso era bochornoso, pero para el caso podía valer. Ya de por sí el pelo se llevaba a corto pero para aquella ocasión había que subirse los cuellos, término coloquial que venía a decir que el pelo empezaba en el cuello, aproximadamente a la altura de las orejas.
En lo más alto de la Academia casi lo más alto, se encontraba la delegación de Correos en la cual por el sencillo sistema de perder el rato de estancia en el casino,  uno se podía dirigir allí a cobrar un giro si era posible o a retirar dinero de alguna cartilla que se pudiera tener en aquella entidad. Las colas, por supuesto, se hacían interminables esos días. Todo mundo quería tener dinerito fresco para gastárselo en el pueblo y tomarse aquel cubata tan esperado y recordado acompañado de cualquiera de las señoritas nativas del pueblo que, galantemente estarían esperando por la recién salida al pueblo de los ansiados Caballeros. No habría bromuro que nos parase.
Así que sacamos y estiramos bien el traje de bonito de entre los apretujones en que se encontraba dentro de la taquilla, bruñimos y limpiamos cinturones y zapatos y conseguimos, a poco, dejar los hierros de las cadeteras brillantes como faros de luz en la oscuridad. Ya estábamos preparados.
De esa manera comenzó la mañana en la que una tras otra pasamos todas las revistas posibles.  De todo tipo: de armamento, de locales, de pelo, presencia, bonito, cadeteras, taquillas, cuero y chapas, calzado…, y con las cuales y consumados todos los filtros quedó eliminado el personal que en vez de salir a pasar la tarde en el pueblo pasaría la tarde en el estudio de arrestados. Por fin habíamos conseguido el ansiado permiso.
Ahora había que poder desplazarse desde la Academia hasta el pueblo, cuatro mínimos kilómetros que podían hacerse una barrera insuperable sino se disponía de un coche, taxi etc. El autobús parecía una solución viable en cuanto que llegásemos a la parada antes de que se cubriesen los asientos. Una vez lleno se apagaban todas las posibilidades de bajar al pueblo que no fuesen por la cruda vía del paso ordinario, así que con prontitud y orden preparamos las diez pesetas que costaría el desplazamiento y nos dirigimos al camino del botiquín, donde nos estarían esperando.  Otra opción era posible, aunque pasaba por disponer de una economía rutilante. Ni más ni menos que coger un taxi entre cuatro para lo cual previamente el servicio de taxis del pueblo, enterados ciertamente de la noticia de que los más de mil alumnos tendríamos derecho al paseo, inmediatamente había provisto de suministro viajero para subir a buscarnos y esperar hacer en un sábado la caja de toda la semana.
El camino no había sido fácil pero habíamos llegado al pueblo.
Las cuatro de la tarde. Sol. Calor. Ventanas y puertas cerradas a cal y canto y ni un alma por la calle. Qué fácil es ahora imaginarse un pueblo desierto por el que únicamente pululaban unos seres vestidos de verde y con cadeteras blancas…



NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo cuatro. Los mandos.


Las presentaciones habían llegado a su fin. Por fin conocíamos a todos los mandos que iban a regir nuestras vidas y milagros durante el resto de aquel curso académico. Los jefes de sección habían aparecido por allí como sin darse importancia pero, dando al aire su propia impronta.
El uno, aparentemente demasiado joven para ser teniente, llevaba bolsillos en el M67. Cosa poco usual pero consecuente con aquel rimbombante nombre de siete bolsillos que traían en su caja los trajes. Realmente solo tenían seis y por más que buscásemos nadie fue capaz de dar con el séptimo, hasta qué, cuando apareció el teniente con sus manos en los bolsillos, pareció dar calma y tranquilidad a nuestros atribulados cerebros. Luego resultó que aquella obra de ingeniería se la había mandado realizar a una modista de Salas de Pallars. Con pocas palabras y sin levantar mucho la voz nos hizo un pequeño desglose de lo que desde su punto de vista iba a ser el curso: que nos iríamos conociendo, que las dudas y problemas (incluso quejas) las presentásemos ante los correspondientes CASEP (¡qué miedo!) y que poco a poco iríamos… parecía un ángel hablando a los serafines. Estábamos embelesados con aquella arenga que sonaba tan bien en nuestros acongojados oídos.
El otro apareció por allí con un chucho y nos dio unas palabras a una velocidad mayor que el rayo en y en un idioma prácticamente incomprensible que nadie pareció entender. Vino a decir algo sobre su perro y acabó presentándonos a su coche (un 127 blanco que acabaría haciéndose famoso en aquellas lides). El caso es que cuando ya se marchaba, nos dijo que él era el más especializado, el más acreditado,  el más…en una palabra el más caracterizado. Ello le valió el inmediato y categórico apelativo de “Masca” que le llegó a perdurar durante todo el curso.
El último tardaría unos días en incorporarse y de momento deberíamos contentarnos con un sargento que haría sus veces, nos dijeron. Éste, en un lenguaje que todos pudimos entender nos advirtió la aplicación de la disciplina militar a la enseñanza académica, explicándonos en que iba a consistir el curso que hacía breves fechas había comenzado.
La presentación del capitán fue como mucho más aristocrática. Apareció por allí como de rondón cuando estábamos escuchando a uno de los tenientes y metido en medio de la formación, fue  haciendo comentarios jocosos a unos y otros, o preguntas de carácter general que, más que ayudar, escamaban al intimado, dejándole receloso sin saber exactamente lo que había pasado. El “equipo completo” comenzaba a forjarse.
-   ¿Qué tal se encuentra usted esta mañana?, joven.
No sabiendo de donde procedían aquellas palabras, el interpelado movía la cabeza sin saber hacia dónde dirigirse.
-   ¿Ha desayunado usted bien hoy?, Caballero.
-   ¿Cree usted que hay vida más allá de la disciplina y el orden cerrado?
-   ¿Cómo se llama su capitán?
-  
-   ¡Cómo! ¿No se sabe el nombre de su capitán? Alguien tendrá que responder por esto.
En medio de la formación, un individuo, alto, con gafas de sol negras, también al igual que el primer teniente con bolsillos en el pantalón de faena, andaba por allí preguntando aquellas cosas tan extrañas.
Finalmente, como si de la entrega de los Oscar se tratase y como si fuese pisando una alfombra roja, subió las cuatro escaleras que llevaban al zaguán de la Compañía y con una sonrisa “profidén”, nos saludó a todos levantando una mano hacia los tenientes y CASEP que, se ve que conocedores del carácter de aquel individuo, no dieron más importancia y siguieron a lo que estaban. Sin más dilación comenzó su aserto, que fue largo y reposado, su verbo fluido y suave nos llevó por lugares que no conocíamos y nos dejó entrever que aquella no iba a ser una Unidad normal de alumnos, que no iba a ser una Unidad blandengue… bla,bla,bla.
Acabó con aquello tan manido de que “las puertas de mi despacho estarán siempre abiertas para que ustedes puedan contarme sus cosas o lo que se les ocurra”. Hermosas palabras que, con los años han ido repitiendo todos aquellos que con motivo de una presentación quieren dar una imagen de democráticos, ello con el olvido evidente del puñetero conducto reglamentario que viene a arreglar de golpe cualquier necesidad que puedas tener de rajar donde no debes.
Los ahora caballeros o caballeretes como se terminó llamándonos, conocimos aquello del conducto reglamentario por el militar sistema del frotamiento duro. La primera vez que uno de los alumnos se acercó al capitán para preguntarle alguna cosa de, evidentemente, poco interés, el CASEP más cercano le miró y con un leve movimiento de la mano derecha, como si fuese a escribir, colocó las cosas en su sitio “luego me da nota, caballero”. Solucionado.
Lo cierto es que cuando ya llevábamos unos pocos días allí, ya nos habíamos hecho una composición de lugar de los mandos que nos habían tocado y estábamos en disposición de compararlos con los de otras secciones o compañías.

NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo tres. El Casino.


Conocíamos su existencia, más no nos podíamos imaginar su ubicación. Allí arriba después de los almendros debía haber un lugar donde los pobres pringados podían pasar un rato de asueto, departiendo únicamente con ellos mismos.
Una tarde, después de haber penado un par de horas de orden cerrado, otro par de horas de orden de combate y otro par de horas o tres en clases, se nos formó con urgencia y se nos avisó pomposamente que esa tarde podríamos acercarnos al Casino de Alumnos, durante el tiempo de descanso. Sólo nos faltó rugir y tirar las gorras al aire. Hubo un grito socarrón con algo así como un ¡bieeeen! que no dejó indiferente a nadie. El CASEP de turno nos dijo que no era para tanto y bla, bla,bla… Aséense y a partir de esa hora tendrán media hora para ir al Casino.
Por una parte, aquello parecía una pequeña conquista y por otra no dejaba de ser algo que, por esperado, no tenía la menor importancia.
Rotas las filas, el que más y el que menos se encaminó hacía el famoso Casino para observar con dolor la larga cola de más de cien metros con alumnos, igual que nosotros, esperando la entrada. Aun así, pudimos echar un vistazo a su interior. De repente, la ilusión se desvaneció y en su lugar apareció la cruda realidad. Aquel rimbombante nombre, acercaba una posición mucho más elevada de lo que en realidad era. Un bar. Un bar grande, pero un bar.
Pacientemente nos dispusimos a guardar la cola, pero los minutos pasaban irremediablemente y aun antes de haber entrado en el Casino, sólo quedaban ocho minutos de descanso antes de formar para ir al estudio.
-Volveremos mañana –Nos dijimos echándole moral.
Al día siguiente, exactamente a la misma hora, se repitió la operación.
-¡Rompan filas! –dijo el CASEP.
Esa vez salimos de la formación apuraditos (vamos, a toda ostia), pero al llegar allí observamos igualmente que, la cola, sin llegar a ser de cien metros, podía llegar tranquilamente a los cincuenta. La solución fue volver directamente a la Compañía y esperar que el siguiente día fuese más provechoso.
Casi llegando la Compañía nos encontramos a uno de los “perdigones” con los que habíamos hablado los primeros días y con un intercambio de fuego y tabaco nos dijo que para llegar a tiempo al Casino y para coger una mesa –que, sí las había- había que estar allí a las seis en punto de la tarde. Además, era aconsejable no ir solo, sino que la mejor opción era que, yendo varios, uno fuese hacia la barra a pedir mientras los otros ocupaban la mesa y cuidaban las sillas. Máxime, teniendo en cuenta que había que ir primero a una parte de la barra donde se encontraba una caja registradora que manejaba con eficiencia un soldado y al cual se le pedían los productos a consumir, lo que, previo pago de su importe se premiaría con un ticket. Con ese ticket pasaríamos a otra parte de la barra donde nos darían los productos.
Entendido y aceptado.
Al día siguiente, como si de una misión táctica se tratase, fuimos concertando entre unos pocos la mejor manera para poder llegar con tiempo, coger sillas y mesas, acercarnos a la barra con una lista previamente preparada y solicitar los productos ante el amo de la registradora donde nos darían el preciado ticket. Mientras, otro de nosotros haría cola en la parte de la barra donde se servían los productos y sería el que recibiría el papelillo para dárselo al camarero que nos serviría las consumiciones.
Ahí aprendimos que no toda táctica lleva consigo un buen resultado efectivo en la batalla. Ahí aprendimos que, sólo con la táctica no se ganan las batallas. Se necesita además una buena estrategia. Se necesita astucia. Se necesita picardía, incluso marrullería. Así fue.
El día señalado a las 18.00 horas (ya utilizábamos el horario militar) estábamos en la puerta esperando para que abriesen y poder pasar entre los primeros puestos. Uno de nosotros ocupó una mesa y sujetó a su lado seis sillas. Otro corrió hacia la máquina registradora con su papel con el pedido la mano: dieciocho xuxos  y doce batidos de cacaolat. Al tanto, otro se puso a la cola de la barra donde ya, a aquellas tempranas horas, ya había unos pocos alumnos esperando para hacer lo mismo (evidentemente, utilizando la misma estrategia).
El alumno se ubicó a la vera de la registradora en noveno lugar para solicitar la compra. Los codazos ya empezaban a notarse y sin haber un árbitro por allí que controlase la situación, el ambiente se hizo insoportable. El encargado de la registradora, como un San Pedro divino cuidador de las puertas del cielo, hacía caso omiso a los requerimientos de aquéllos que no le parecían oportunos. Después de varios intentos, con su ticket en la mano se acercó hacia donde estaba su compañero haciendo bulto para pedir el material que aparecía en el ticket. A la vera del mostrador, todos los que se amontonaban delante de la barra, con un brazo en alto sujetando el preciado ticket, llamaban a gritos al camarero:
-Aquí, aquí…-decían unos y otros.
Pero aquí la estrategia falló (grandes batallas se han perdido por no haber aplicado correctamente la estrategia a la táctica ¿O era al revés?). La historia volvió a cambiar ya que el camarero, increíblemente, parecía conocer a algunos de los que allí se amontonaban, no prestando atención al resto.
Aquel era un problema que terciaba una solución. Ya éramos militares y como tales, debíamos ser estrategas. Deberíamos pensar militarmente y buscar soluciones sencillas a problemas complejos. Ésta apareció por sí misma: al día siguiente invitaríamos a merendar a uno de los “perdigones” …
Lo cierto es que no hizo falta y como lo hizo, no lo sé. Pero uno de nosotros consiguió hacerse amigo de uno de los soldados camareros y posteriormente de otros más. Los llamaba por su nombre de pila e incluso tenía tiempo de hacerles algún chiste mientras esperaba a que le diesen su ticket. Al recoger el producto de los tickets, simplemente daba una voz entre el barullo. -¡Pepe! –decía. Y el camarero de la barra le veía e inmediatamente le atendía. Entretanto el resto, guardaba cola quejándose y jurando en hebreo.
Grandes momentos nos esperarían a partir de ese día.

EL EQUILIBRIO DEL TREN: DISCIPLINA DE PARTIDO


TÍTULO DE COLUMNA: EL EQUILIBRIO DEL TREN                    
Por: Jorge M. Mosquera Longueira


Al igual que la disciplina es uno de los valores fundamentales y un soporte en el que se sostiene la institución militar, la disciplina de partido se ha utilizado y se utiliza en política como norma avisadora a sus incumplidores que su inobservancia supondrá “no salir en la foto”. Esta técnica, utilizada en política, “manu militari”, permite defender cualquier cosa sin necesidad de que la verdad ocupe un mínimo espacio en la conciencia del que lo expresa. Se utiliza la disciplina de partido cuando hay que defender algo que va en contra de los más mínimos criterios de conciencia o realidad. En contra de una mínima relación entre razón y autenticidad.
Aunque los más bravos dicen que no existe tal institución, qué se vota y actúa en conciencia, no nos faltan ejemplos de su funcionamiento. Uno de los que pasará a los libros es el de la vicepresidenta Calvo diciendo que cuando el presidente dijo que había rebelión en el asuntillo de la declaración de independencia de Cataluña, lo fue antes de que fuera presidente y que ahora puede decir otra cosa. Quien da más. La Administración Autonómica no le va a la zaga. Declara el señor Tudanca, secretario general del PSOECyL, que es necesario un pacto fiscal para recaudar de forma más justa. Será por eso el gobierno tiene prevista una tasa para quien tenga el lujo de un vehículo diesel,  o el pago de peaje en autovías nacionales. Nos dice que han presentado un pacto social y valiente para no seguir maltratando nuestra educación, pero resulta que han pretendido hacer la octava o novena modificación de la Ley Orgánica de Educación sin acuerdo con las fuerzas constitucionalistas. Lo mejor es cuando dice que el según el PSOE, el impuesto AJD de las hipotecas nunca más lo volverán a pagar los ciudadanos, olvidando que ese impuesto lo inició el PSOE en 1993. Pero para esto de votar en contra de lo que se piensa, la Administración local se lleva la palma. El portavoz de Imagina Burgos en la Diputación de Burgos, señor Manjón, votó en contra de mantener la concesión petrolífera en su pueblo natal, Ayoluengo. Pero cuando el PP votó a favor y mantuvo la concesión consiguiendo anular esa misma moción, aplaudió y echó una lagrimilla de agradecimiento a sus enemigos políticos. Vamos, vamos.
Señores políticos: la objeción de conciencia política existe. La pena es que, su uso, obliga a los políticos a pensar y actuar en consecuencia sin obligación de obedecer o atender a aquello que vaya en contra de sus propios principios.


EL EQUILIBRIO DEL TREN: Peatonalizar la calle Santander.



Como un capricho del primer regidor, nos había dado la oportunidad de poder pasear por la calle Santander los domingos sin que tuviésemos el agobio de vehículos y motos haciendo ruido por allí. Lo sentimos. La calle Santander ha dejado de ser peatonal. Quizá al plantearla, su idea general fuera buena: los peatones burgaleses podrán pasear por esa calle los domingos soleados, dándose un homenaje de agradecimiento a ellos mismos como consecuencia de no tener vehículos por allí.
Cierto, pero el resultado ha sido malo, muy malo. Después de haber movilizado a la mitad de la Policía Local de Burgos para qué tuviesen cuidado de que ningún coche pasase a la zona peatonalizada o pecasen pasándose de los accesos para el aparcamiento de la Plaza Mayor, ha habido infinidad de denuncias y quejas por parte de los ciudadanos como resultado de que los buses con parada en los soportales de Antón seguían pasando por esa calle, confundiéndose con los peatones.
Por una cosa u otra, en el tiempo que ha durado esta medida, los burgaleses no se han sentido acreedores de ese privilegio ya que el peatón solo siente como suyo, algo que le da tranquilidad y no le obliga a pensar si estará cruzando sin mirar o si se estará saltando un semáforo en rojo. Si se peatonaliza, será con las mismas condiciones que en las calles que ya lo son. Por eso, podemos decir sin equivocarnos, que la anulación de esa medida ha sido acertada.
El resultado de todo eso es que se ha perdido una buena oportunidad de tener una zona de paseo muy válida para los peatones, pero al mismo tiempo se ha perdido también la oportunidad de que esa zona pudiese ser utilizada para esas compras de los peatones durante los días que efectivamente hay más posibilidad de negocio, es decir, los sábados por la tarde o incluso todo el sábado.
Hubiera estado bien haber cerrado el tráfico a partir de ubicación de la entrada y la salida de los aparcamientos. Haber modificado, ese día, el recorrido de los autobuses que paran en los soportales de Antón y hacerlo peatonal hasta el semáforo del “Toro”, sin que en ese tramo hubiera otros vehículos que los propios derivados de urgencias. Además de los votos consecuentes, se conseguiría qué en las próximas fiestas navideñas, los burgaleses anduvieran por la calle como si estuvieran en la Quinta Avenida de Nueva York.

viernes, 2 de noviembre de 2018

NUNQUAM MINERVA PARTEA PALAS. Capítulo dos. La cafarna.


En un momento habíamos acabado el desayuno. ¿Y ahora qué? Se preguntaban unos y otros. Uno de los más bregados en veteranía levantó las manos como si del Papa se tratase y atrajo el silencio a su lado. 
-A ver, pollos. Ahora saldremos del comedor y os dirán que vayáis corriendo a la Compañía donde, alguno de esos jodidos CASEP os gritará al oído para que entendáis las cosas. Luego se avisará qué quien esté enfermo o lesionado puede anotarse en el libro de reconocimiento y será llevado al Botiquín para que le vean los médicos.
-Y tú, ¿cómo sabes tantas cosas? -Preguntó uno de los más piolines de la mesa.
-Yo..., es que soy “perdigón” –contestó el veterano con cara de suficiencia.
-Coño ¿y qué es eso de “perdigón”?, –dijo un tercero -¿algún tipo de titulación de esta Academia?
-No. Yo estuve ya el año pasado aquí y ahora estoy repitiendo curso.
Le miramos como si fuera un superhéroe. Veíamos en él a aquel hombre curtido en mil batallas que llevaba barba de dos días y los pantalones de faena mucho más claros que los demás.
-Por eso conozco al dedillo toda la coyuntura de este sitio.
-¿Pero quién va a estar enfermo? Si sólo llevamos aquí dos días. –repitió el pipiolo.
El veterano metió la mano en uno de los bolsillos del garbanzo, de donde sacó algo parecido a una ramita con la que se hurgó en los dientes con habilidad digna de un experto. Puso cara de entendido y después de repetir un par de veces algo parecido a “mmmm”, miró uno a uno al resto de los comensales y bajando la voz, comenzó a explicar que no había que estar grandemente enfermo para ir a reconocimiento. Que era suficiente con tener un ligero dolorcillo o molestia, aunque no fuese muy severa.
-Pero, si no estás enfermo, ni te duele nada ¿De qué vale apuntarse al reconocimiento? –inquirió el pipiolo.
El veterano volvió a mirarlos y chasqueó la lengua un par de veces.
-Joder, parecéis tontos, además de nuevos. Mientras estáis en reconocimiento médico no estáis en otro sitio.
Todos recibimos aquella explicación como un haz de luz en nuestra atribulada cabeza. Aparentemente, habíamos entrado de golpe en el mundo de la veteranía. Había nacido la “cafarna”.
Aquel nombre poco técnico y sin lugar en diccionario alguno, tenía fuerza suficiente para representar a la perfección aquella clase de proceder. Alguien mandó ¡en pie! y luego añadió algo parecido a ¡a formar delante de la Compañía!
Las instrucciones fueron concretas. Ahora se va a proceder a tomar nota de aquellos que quieran apuntarse al reconocimiento médico.
-¿Alguien quiere apuntarse a reconocimiento médico? Que levante la mano.
Más de treinta manos se levantaron de repente y mantuvieron aquella postura mientras uno de los CASEP les miraba como estudiando sus caras y esperando que aquella mirada fuese suficiente como para hacerles desistir de su actitud. Nadie bajó la mano. Aquellos alumnos parecían durillos. El CASEP tosió un par de veces, carraspeó y se aclaró la garganta.
-Bien, pues. El reconocimiento médico es voluntario, por lo que todos aquellos que tengan enfermedades gravísimas o incurables, dolores insoportables o carezcan de la más mínima vitalidad, o incluso por problemas de virilidad pueden apuntarse al reconocimiento médico. Todos aquellos que consideren que no van a alcanzar con vida la hora de la comida, pueden apuntarse a reconocimiento médico. Todos aquellos caguetas, escaqueadores, acojonados, pusilánimes, miedosos o medrosos, en una palabra, que crean que su cuerpo no va a resistir la instrucción de hoy o que consideren que estando enfermos van a estar mejor que haciendo un buen orden de combate, pueden apuntarse a reconocimiento médico.
No había finalizado la perorata cuando más de la mitad de las manos en alto habían desaparecido. El CASEP sonrió para sus adentros e inmediatamente cambió la cara por un rictus de cabreo dirigido a aquellos otros que se habían mantenido en su digna postura.
-Salgan de formación los de la “cafarna”.
Mutis.
-¡Cojones!. No se han enterado, ¡salgan de formación los de la “cafarna”!
Poco a poco se fueron dando por enterados los de las manos en alto y fueron saliendo de formación los menos de diez atrevidos que quedaban con el brazo en alto.
-Vamos. Forme ahí la “cafarna”. Luego miraré cuales eran sus dolencias y sufrimientos.
Dos más escaparon de la formación de reconocimiento.
-Venga. –El CASEP echó un vistazo alrededor, buscando a alguien- El Cabo Cuartel que se lleve a la “cafarna” antes de que les dé un vahído o nos vayan a vomitar el desayuno. O lo que es peor, quizá se nos maree alguno antes de llegar al médico y tengamos que abrir el protocolo de evacuación para las pandemias. Y el resto que cojones mira. Firmes. Ar. Izquierda. Ar. ¡A tierra!
Los de la “cafarna”, soltaron una risilla por lo bajini viendo como los otros doscientos comenzaban sus flexiones…
Al final resultó que ser de la cafarna” no era tan bueno.  De momento te quedabas con la muletilla de cafarnoso para los restos o cada vez que había una formación y los sanotes salían corriendo (sic. perdiendo el culo) para llegar a la fila lo antes posible, la “cafarna” salía andando tranquilamente para llegar a la formación sin grandes inconvenientes. El mando que dirigía la formación al verles llegar, les miraba con desprecio y soltaba una frase que posteriormente llegó a hacerse muy popular. “Ahí vieeene la cafarna”.
Lo cierto es que, con el paso del tiempo, casi todos fuimos acreedores de tener el dudoso honor de formar parte de la “cafarna”. Ahora bien, los motivos nada tenían que ver con aquellos primeros.

MILITARES Y CONSTITUCIÓN.

  Escucho en foros políticos y mentideros de tertulianos, glosas de las virtudes de la ministra de Defensa Margarita Robles. Algunos la su...